LA CIDUAD DE LAS SOMBRAS
Dios, como me duele la espalda...y la cabeza...esto es maravilloso. Hacía mucho tiempo que no me sentía mejor. Ni siquiera en aquellos bailes sociales ni en aquellas fiestas de alta sociedad, rebosantes de esnobismo barato. Todo el dinero..el éxito...que equivocado estaba. He tardado treinta y ocho años en comprenderlo.
Hace apenas unos meses era un “broker” de Wall Street. Me levantaba todos los días en mi duplex de Park Avenue, me duchaba en un baño revestido de mármol que había costado mas de cien mil dólares, me vestía con trajes elegantes, de diseño italiano, tejidos finos y costuras resistentes e imperceptibles que superaban los mil dólares, me calzaba unos zapatos de piel oscura hechos a mano por el irresistible precio de 650$. Bajaba a la planta inferior, entraba en la cocina y tomaba un desayuno completo, compuesto por huevos, beicon, café y zumo de naranja; todo perfectamente preparado por la servidumbre. Solía salir a la calle y pasar un par de minutos pensando que sería lo más apropiado, ir al trabajo en uno de mis coches, probablemente el Mercedes, un maravilloso deportivo negro con adornos plateados que tan solo me había costado cincuentamil dólares o alquilar un vehículo distinto. Recuerdo que en la mayoría de las ocasiones llamaba a una pequeña limusina de alquiler con un chofer canoso y amable que parecía tener las manos pegadas a unos guantes blancos como los que forman parte del uniforme de almirante de la marina. A través de la ventanilla veía pasar enormes rascacielos, gigantescos caserones de antes de la Primera Guerra Mundial, rehabilitados para ser divididos en dos amplísimos duplex de más de 800 metros cuadrados, casi como el mío propio. Observaba pasar manadas de gente vestida con trajes caros, zapatos caros, carteras caras y, especialmente, vidas vacías.
Recuerdo aquella enorme oficina, el sonido incesante de los teléfonos y los teclados de ordenador, el zumbido de las cincuenta o sesenta voces por planta, el olor del dinero pasando de unas manos a otras. Recuerdo claramente la ambición de los más jóvenes y el éxito de los veteranos. Aquellos rostros, ávidos por ganar dinero, por enriquecerse. En ocasiones creía estar encerrado en una gigantesca colmena. Observaba a aquellos muchachos recién salidos de Yale, les miraba a los ojos y no veía nada, no había ilusión, ni orgullo, ni rastro de ningún tipo de emoción, no había alma. Simplemente eran jóvenes que se levantaban en un apartamento probablemente amplio, se vestían con trajes considerablemente caros y se encaminaban a una oficina, a una mesa, a un teléfono...
Recuerdo especialmente aquellas reuniones celebradas en caserones con aspecto victoriano, reformados para adaptarse a la época actual. Recuerdo la sobriedad de los invitados, la falsa diversión, la hipocresía. Sobre todo recuerdo la ausencia total y absoluta de vida. Aquellas personas, aquellos hombres y mujeres se limitaban a representar un papel. Solo pensaban en ganar más y más dinero. Fingían asombrarse al contemplar los frisos y cenefas de yeso que bordeaban las habitaciones, los pianos de cola barnizados, las chimeneas al más puro estilo inglés, los divanes y cómodas francesas, las arañas de cristal diamantino...todo era una farsa. Rutina, falsedad, hipocresía, soberbia...solo eso. Jamás aparecía en el rostro de alguna de aquellas personas una sonrisa viva. Ni siquiera yo mismo...jamás estuve vivo.
Paseaba por la calle, de camino a mi lujoso apartamento con la idea de coger mi deportivo y conducir a mi caserón en Knoxville para jugar al padel con algún vecino y veía las caras de cientos de personas. Veía al hombre del kiosco de prensa, a la dependienta de una tienda de alimentación, a un simple vendedor de ropa, veía sus ojos, sus sonrisas tan...reales. “¡Qué más da!” me decía, “yo soy un triunfador, gano más de dos millones de dólares anuales”.
Sin embargo me sentía terriblemente vacío, insulso, muerto...hace apenas tres meses decidí cambiar, decidí vivir, decidí dejar de ser una sombra más en el teatro del mundo. Vivo en un apartamentucho en la calle ciento sesenta dos, la mayoría de las veces paso la noche en la calle, o en algún bar, riendo a carcajadas con camioneros. No trabajo, doné casi todo lo que tenía, vivo el día a día, disfruto de la Vida. Puede parecer estúpido, pero es la primera vez que me siento realmente vivo...Dios, me va a estallar la cabeza, ¡menuda resaca!...No me arrepiento de nada, en absoluto, ahora soy feliz. Ya no veo oficinas, ni rascacielos, ni caserones victorianos; ahora me muevo entre baretos que no cumplen con las normas de sanidad, burdeles, billares...Si, nunca me había sentido tan vivo.
Hace apenas unos meses era un “broker” de Wall Street. Me levantaba todos los días en mi duplex de Park Avenue, me duchaba en un baño revestido de mármol que había costado mas de cien mil dólares, me vestía con trajes elegantes, de diseño italiano, tejidos finos y costuras resistentes e imperceptibles que superaban los mil dólares, me calzaba unos zapatos de piel oscura hechos a mano por el irresistible precio de 650$. Bajaba a la planta inferior, entraba en la cocina y tomaba un desayuno completo, compuesto por huevos, beicon, café y zumo de naranja; todo perfectamente preparado por la servidumbre. Solía salir a la calle y pasar un par de minutos pensando que sería lo más apropiado, ir al trabajo en uno de mis coches, probablemente el Mercedes, un maravilloso deportivo negro con adornos plateados que tan solo me había costado cincuentamil dólares o alquilar un vehículo distinto. Recuerdo que en la mayoría de las ocasiones llamaba a una pequeña limusina de alquiler con un chofer canoso y amable que parecía tener las manos pegadas a unos guantes blancos como los que forman parte del uniforme de almirante de la marina. A través de la ventanilla veía pasar enormes rascacielos, gigantescos caserones de antes de la Primera Guerra Mundial, rehabilitados para ser divididos en dos amplísimos duplex de más de 800 metros cuadrados, casi como el mío propio. Observaba pasar manadas de gente vestida con trajes caros, zapatos caros, carteras caras y, especialmente, vidas vacías.
Recuerdo aquella enorme oficina, el sonido incesante de los teléfonos y los teclados de ordenador, el zumbido de las cincuenta o sesenta voces por planta, el olor del dinero pasando de unas manos a otras. Recuerdo claramente la ambición de los más jóvenes y el éxito de los veteranos. Aquellos rostros, ávidos por ganar dinero, por enriquecerse. En ocasiones creía estar encerrado en una gigantesca colmena. Observaba a aquellos muchachos recién salidos de Yale, les miraba a los ojos y no veía nada, no había ilusión, ni orgullo, ni rastro de ningún tipo de emoción, no había alma. Simplemente eran jóvenes que se levantaban en un apartamento probablemente amplio, se vestían con trajes considerablemente caros y se encaminaban a una oficina, a una mesa, a un teléfono...
Recuerdo especialmente aquellas reuniones celebradas en caserones con aspecto victoriano, reformados para adaptarse a la época actual. Recuerdo la sobriedad de los invitados, la falsa diversión, la hipocresía. Sobre todo recuerdo la ausencia total y absoluta de vida. Aquellas personas, aquellos hombres y mujeres se limitaban a representar un papel. Solo pensaban en ganar más y más dinero. Fingían asombrarse al contemplar los frisos y cenefas de yeso que bordeaban las habitaciones, los pianos de cola barnizados, las chimeneas al más puro estilo inglés, los divanes y cómodas francesas, las arañas de cristal diamantino...todo era una farsa. Rutina, falsedad, hipocresía, soberbia...solo eso. Jamás aparecía en el rostro de alguna de aquellas personas una sonrisa viva. Ni siquiera yo mismo...jamás estuve vivo.
Paseaba por la calle, de camino a mi lujoso apartamento con la idea de coger mi deportivo y conducir a mi caserón en Knoxville para jugar al padel con algún vecino y veía las caras de cientos de personas. Veía al hombre del kiosco de prensa, a la dependienta de una tienda de alimentación, a un simple vendedor de ropa, veía sus ojos, sus sonrisas tan...reales. “¡Qué más da!” me decía, “yo soy un triunfador, gano más de dos millones de dólares anuales”.
Sin embargo me sentía terriblemente vacío, insulso, muerto...hace apenas tres meses decidí cambiar, decidí vivir, decidí dejar de ser una sombra más en el teatro del mundo. Vivo en un apartamentucho en la calle ciento sesenta dos, la mayoría de las veces paso la noche en la calle, o en algún bar, riendo a carcajadas con camioneros. No trabajo, doné casi todo lo que tenía, vivo el día a día, disfruto de la Vida. Puede parecer estúpido, pero es la primera vez que me siento realmente vivo...Dios, me va a estallar la cabeza, ¡menuda resaca!...No me arrepiento de nada, en absoluto, ahora soy feliz. Ya no veo oficinas, ni rascacielos, ni caserones victorianos; ahora me muevo entre baretos que no cumplen con las normas de sanidad, burdeles, billares...Si, nunca me había sentido tan vivo.

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